Los días alrededor de la muerte daba la impresión de que estaba surgiendo algo diferente. Una amabilidad y cierta calidez inusuales en medio de aquel matriarcado de hielo.
Aquellas personas que, a pesar de ser familia jamás se habían comportado como tal, empezaban a darse cuenta de lo agradable de una sonrisa reconfortante; de un abrazo - incomodo y no más largo de un minuto, pero abrazo a fin de cuentas; de preguntarse cómo están y tocarse tímidamente el brazo cuando las lágrimas empezaban a asomar.
Incluso - y me sentí un poco extraña pensando esto- noté cierta liberación en alguno de ellos. Como si, por fin, la muerte les hubiera despojado de la presencia castradora y controladora de aquella mujer.
Pero era un espejismo, su sombra nos había impregnado a todos. Estábamos todos salpicados de aquella mierda negra y viscosa. Y tenía serias dudas de si podríamos llegar a estar limpios algún día.
En mi caso siempre podía darme la vuelta y aquello pasaría a ser un puto zarzal en un camino. Pero, y sus hijos?. Esos hijos a los que yo quería y que, a estas alturas, ya eran mi familia. Se curan las heridas que infringe una madre?